El estado de la ermita al final de los años sesenta y principios de los setenta era lamentable. Estando de párroco don Eugenio Sabrido Rico, la espadaña neoclásica, que albergaba el campanillo, amenazaba ruina y tubo que desmontarse, siendo sustituida por un simple murete provisional. Además, la techumbre estaba en muy mal estado.
La llegada al pueblo del nuevo párroco, don José Tarjuelo va a facilitar la realización de las obras de rehabilitación de la ermita, ya pedidas por el anterior párroco, debido al espíritu emprendedor del nuevo sacerdote, que supo involucrar a todo el pueblo en los trabajos a realizar, con el apoyo de la hermandad de Nuestra Señora de la Natividad.

El párroco pidió informes de la actuación al arquitecto del arzobispado, quien, después de revisar el estado del edificio, dictaminó que había que proceder a una actuación drástica, realizando un edificio, casi de nueva planta. El arquitecto del arzobispado procedió al desarrollo del correspondiente proyecto de restauración, que implicaba unos elevados costes de ejecución.
Ante esta circunstancia, don José Tarjuelo tomó la decisión de afrontar una restauración profunda de la ermita, pero apartándose del proyecto desarrollado por el arquitecto del arzobispado. Para ello contactó con Manuel Sánchez Sánchez, artista local y artífice de la restauración del cuadro de la Virgen, que ejercería como director de obras. Don José tuvo también el acierto de involucrar en la ejecución de las obras a todos los artesanos de la localidad, lo que hizo que el resto del pueblo acogiese la iniciativa de la restauración como algo propio.

La obra comenzó el 2 de noviembre de 1975, con el maestro albañil don Felipe Morales Gutiérrez como jefe de obra. Se destejó y se eliminó el cielo raso para poder comprobar el estado de los muros y vigas, observando que había varias vigas rotas que hacían presión sobre la pared del sur, haciendo que el desplome de esta llegase a unos treinta centímetros, lo que motivó que se tirara gran parte de esta pared y de la habitación de la carroza. En la fachada de esta habitación aparecieron una serie de piedras labradas en forma prismática hexagonal pertenecientes a los arcos carpaneles del patio interior del castillo. Posiblemente se trajeron del castillo en su cota época de ruina a mediados del siglo XIX , cuando era propiedad este de dos vecinos de la localidad, don José Guillermo Sánchez de Diego y Don Bonifacio Rodríguez y de un vecino de Gálvez, don Ildefonso Bejerano que compraron el castillo al duque de Osuna, heredero del condado de Fuensalida.

Al acometer las obras del ábside se descubrió que estaba revocado con una capa de barro sobre la que habían extendido una de yeso, por lo que se pudo devolver a su estado original en piedra sin que sufriera ningún daño. El estilo mudéjar del ábside (como bien se podía apreciar por la ventana de aspillera con arcos ciegos del fondo del mismo), influyó en el estilo de la reconstrucción de todo el edificio.
Al levantar el piso de la nave, se pudo observar que en la cabecera de la nave había restos de ataúdes de madera con huesos en su interior que sin duda alguna eran los últimos enterramientos que se hicieron dentro de la ermita antes de 1843.
Una vez desmantelados los muros deteriorados, se comenzó con la restauración, volviendo a levantar los muros hasta su altura original. Se colocó un nuevo forjado de hierro para arriostrar los muros y que sirviera de arranque y sujeción del nuevo forjado, labor que recayó en el herrero local don Tomás Martín.



La ventana del muro sur, hasta entonces adintelada, fue sustituida por otra formada por dos arcos gemelos tumidos. El pequeño coro alto que había a los pies de la nave se desmanteló y como único recuerdo de este se volvió a colocar una gran viga que se talló con motivos geométricos.
La cubierta fue obra de los artesanos de la localidad Pablo García Patiño, Mariano Figueroa, Mariano Sánchez Magro y su hijo Mariano Sánchez.
La nueva espadaña empezó a construirse de estilo neoclásico como la que existía antiguamente, pero se cambió a estilo mudéjar para ir acorde con el resto del edificio.
Las piedras de sección octogonal encontradas en la zona de la habitación de la carroza sirvieron para la ejecución de las columnas de sujeción del nuevo portal de entrada, que se ejecutó con una cubierta tejada a tres aguas. Las columnas se remataron con capiteles en piedra elaborados por artesanos de San Pablo de los Montes.


En la entrada a la habitación de la carroza se colocó un arco carpanel, utilizando las dovelas encontradas procedentes de los arcos carpaneles del patio del castillo. Aprovechando estas obras se ejecutó una sacristía adosada a esta habitación y comunicada con el interior de la ermita.
En las excavaciones realizadas en la zona del ábside se encontraron restos de terra sigillata (cerámica romana) , un pequeño fragmento de vasija de mármol y una moneda también romana, lo que puede atestiguar la antigüedad del templo.
Para el solado del ábside, se utilizaron grandes losas de granito procedentes del acerado público de la localidad de Navahermosa que entonces se estaba sustituyendo, y para la construcción de ambos poyetes en el corto presbiterio se utilizaron, por donación de la familia Torrijos Morales, grandes sillares procedentes de Guarrazar . En el pedestal del trono, así como en otras partes del edificio se incrustaron relieves visigodos en piedra caliza y en mármol procedentes de donaciones particulares y con origen en Guarrazar.

Se sustituyó el arco de entrada al presbiterio, que era de medio punto, por un arco de herradura más acorde con el estilo mudéjar de la ermita. El arco se sustentó sobre grandes impostas, con motivos geométricos, apoyadas en dos columnas de granito a cada lado. También se colocó un nuevo friso de separación entre el tambor y la cúpula del ábside. Por último, se reconstruyó la hornacina ciega o lucernario central de la pared, que había sido desmantelada en parte en la edad media para hacer la ventana de aspillera.
El párroco don José Tarjuelo, después de ver el artesonado de la cercana iglesia de Totanés, decidió la ejecución de una techumbre de estilo mudéjar, encargando estos trabajos a Pablo García Patiño, artesano de la localidad . Ante la falta de presupuesto don José decide hacer solamente en par de metros del artesonado, para que en el futuro se fuera ampliando, pero el trabajo desinteresado de Pablo García Patiño, que sólo cobró los materiales del artesonado, permitió que se pudiese construir de forma completa.


Para la mesa del altar se utilizaron grandes losas de pizarra, algunos cimacios visigodos encontrados en el término y cipos funerarios árabes.
Para el solado, que hasta entonces había sido de tarima, se decidió dar la vuelta a ésta y colocar la cara que había estado oculta.
La electricidad y megafonía corrió a cargo de Benjamín Melar Martín, hijo de Guadamur. Finalmente se procedió al enlucido de la nave principal. En estos últimos momentos de la obra intervino de forma destacada el maestro albañil de la localidad Valentín Morales Pérez para realizar algunos detalles finales del edificio, como el envejecimiento del revoco exterior.
El coste de la obra ascendió a la cantidad de 1.576.897 de pesetas, que fue sufragado por donativos de devotos de la localidad. Hay que destacar la masiva afluencia al ofrecimiento del 8 de septiembre de 1976 en el que se recogieron 448.677 pesetas.
Esta restauración fue fruto del esfuerzo y tesón del pueblo entero de Guadamur, con la ayuda desinteresada de muchos vecinos de la localidad que intervinieron colaborando con su propio esfuerzo con los profesionales que realizaron la obra. En palabras del párroco, don José Tarjuelo:
“En la dirección, aportación de ideas, trabajos de restauración y aportación económica han intervenido casi exclusivamente hijos de Guadamur, pues el proyecto de obra primitivo, como se puede ver en los planos del arquitecto es algo completamente diferente.”
“El porqué de la restauración se debe sin duda alguna, al deterioro en que se encontraba, pues ya era peligroso hacer los cultos dentro de la ermita, pero sobre todo se ha restaurado gracias al amor y a la devoción de los cristianos de Guadamur tienen a su Patrona Nuestra Señora de la Natividad, de lo contrario la restauración hubiera sido muy diferente”
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