¿Qué es Sorbaces?
Entre las piezas del tesoro que salió a Francia, está la denominada Cruz de Sonnica, que es una cruz de oro bellamente adornada en su anverso, con nueve cabujones encapsulados rodeados de un fileteado de lámina de oro; en el reverso grabado a cincel se encuentra la siguiente inscripción:
IN DEI NOMINE OFFERET SONNICA SANCTE MARE IN SORBACES
Es decir: En nombre de Dios Sonnica ofrece a Santa María de Sorbaces.
No se conoce quién pudiera ser Sonnica, seguramente algún noble o alguien de la realeza, quien ofrecería esta cruz en la basílica existente en en el lugar de Guarrazar.


Esta inscripción ha desconcertado a los historiadores desde su descubrimiento, ya que hace referencia a Santa María de Sorbaces, que podría ser la advocación a la que estaba dedicada la basílica que allí se encontraba.
Ferdinand de Lasteyrie, en su obra de 1860 Description du trésor de Guarrazar, fue el primero en realizar esta hipótesis indicando que la voz Sorbaces podría ser el título que llevó la iglesia o cenobio en que era venerada Santa María por reyes y magnates visigodos.
Posteriormente, José Amador de los Ríos en su obra El arte latino-bizantino en España y las coronas visigodas de Guarrazar (1861) y Pedro de Madrazo y Kuntz, en su obra Orfebrería de la época visigoda. Coronas y cruces del Tesoro de Guarrazar (1879), secundan esta hipótesis.
Origen de la palabra Sorbaces
En cuanto al origen de la palabra Sorbaces, se han vertido numerosas hipótesis desde el descubrimiento del Tesoro.
Ferdinand de Lasteyrie, en el citado libro supone hallar su etimología en la dicción sorbus, nombre genérico del serval, un árbol que crece en las partes montañosas de los países meridionales. Por analogía gramatical saca de sorbus la voz sorbarium y de aquí el plural sorbaces determinaría un lugar plantado de servales.
Otros autores argumentaron que la palabra sorbaces podría estar compuesta por la raiz gótica shaur (techo o cripta) y por la voz de corrupta latinidad baces (bajo o baja), lo que daría como título Santa María de la Iglesia Baja o Santa María Suburbana, apellidada por los árabes Santa María de Alficén, templo que existió no lejos del alcázar, debiendo en consecuencia leerse sub arce en lugar de Sorbaces, corrupción que se puede explicar por la ignorancia de los orfebres en tiempo de los godos.
Esta suposición fue desechada por la mayoría de los historiadores, entendiendo que las coronas, cruces y otras alhajas encontradas en Guarrazar eran ofrendas de los reyes, nobles y religiosos a Santa María Virgen en la basílica que se encontraba en ese lugar.
Esta teoría está siendo avalada por los importantes restos arqueológicos que están apareciendo en las excavaciones del yacimiento de Guarrazar, con el descubrimiento de una basílica de unas dimensiones considerables, restos de un edificio, construido sobre un manantial natural, que serviría para hacer baños rituales de purificación y otras construcciones que pueden corresponder con un palacio-monasterio y un asilo de peregrinos, lo que llevaría a pensar en un importante centro religioso.
Relación con la Virgen de la Natividad que se venera en Guadamur
De lo que no hay noticias ni ningún tipo de información es de la Virgen venerada en esta basílica, por lo que todo lo que se puede hacer es especular sobre ello.
El hecho de que en Guadamur se venere una copia de un icono bizantino nos ofrece la oportunidad de hacer una hipótesis sobre ello.
En esta novela se hace la suposición de que el icono que se veneraba en Guadamur, y que fue pasto de las llamas durante la Guerra Civil, era copia de un icono mucho más antiguo, concretamente un icono bizantino regalo del papa Gregorio Magno a Recaredo por su conversión a la fe católica.
Esta hipótesis tiene su base en las correspondencia epistolar entre Recaredo y Gregorio a raíz de su conversión, alentada por el obispo de Sevilla, Leandro, tutor y consejero de Recaredo y amigo personal del papa Gregorio.
Recaredo acogió la religión católica en el año 589 abjurando del arrianismo, que era la religión oficial de los visigodos, en el III Concilio de Toledo bajo la dirección de Leandro, obispo de Sevilla que había sido su tutor, consiguiendo así la unión religiosa entre los visigodos y los hispanorromanos.
Recaredo, posiblemente por sugerencia de Leandro, envió una carta al papa Gregorio tres años más tarde de su conversión. Gregorio tenía una buena amistad con Leandro, ya que habían coincidido en Constantinopla y, posiblemente, conocería por el obispo español la situación política y religiosa en la Hispania visigoda antes de llegar Recaredo al poder, con la sublevación de Hermenegildo, hermano de Recaredo que se había convertido al catolicismo contra su padre Leovigildo, quien defendía el arrianismo. Hermenegildo fue vencido, hecho preso y ejecutado, y años más tarde fue declarado santo por el papa Gregorio.
En esta carta, Recaredo le explica al papa que, anteriormente a la fecha de esta misiva, ya había intentado entablar relaciones con Roma enviando unos abades, pero que el barco donde navegaban naufragó y tuvieron que regresar a la península. También en esta carta le hace saber al pontífice que, habiéndose enterado de la presencia de un enviado papal en la ciudad de Málaga, que estaba bajo dominio bizantino, le hizo llegar un cáliz de oro adornado de piedras preciosas para entregárselo al papa como ofrenda al apóstol san Pedro.
Por otra parte, de Gregorio se conocen tres cartas dirigidas a Recaredo. En la primera, Gregorio se alegra y considera como milagrosa la conversión del pueblo visigodo a la fe católica abandonado el arrianismo, al mismo tiempo que le muestra su agradecimiento al rey por tener un papel tan destacado en este hecho. También le agradece el presente que envió Recaredo y acompaña a la carta con tres regalos para el rey: una llave hecha con el hierro de las cadenas que tuvieron preso a san Pedro en Roma antes de su muerte, una cruz que contenía unos trozos de Lignum Crucis, es decir, de la cruz donde murió Jesús y, por último, unos cabellos de san Juan Bautista, como reliquia. Además, le informa a Recaredo de que le ha concedido el palio a Leandro, al que considera como un hermano, y se lo envía junto con el resto de los presentes.
En la segunda carta, Gregorio contesta a otra carta de Recaredo, que no se conserva actualmente y en la que parece que el rey le había pedido al papa que le proporcionara una copia del tratado entre Justiniano y Atanagildo, donde se estipulaba el alcance del dominio imperial en Hispania, con el objetivo de establecer las fronteras entre el reino visigodo y el imperio bizantino.
Hay que recordar que el imperio bizantino en esa época tenía su frontera occidental en Hispania, ocupando una franja litoral desde Cádiz hasta la zona de Cartagena, además de las islas Baleares.
Por tanto, en esa época coexistían en la península el reino visigodo y el imperio bizantino y la frontera era causa de conflicto entre los dos. Pero Gregorio eludió contestar con la excusa de que se había producido un incendio en el archivo y se habían perdido estos documentos. Claramente, el papa no quería posicionarse de parte de ninguno de los dos bandos que ahora, además, profesaban la misma religión siendo él pastor de la Iglesia católica.
En esta segunda carta, además, Gregorio le agradece a Recaredo el envío de trescientas vestiduras de limosna para los pobres de san Pedro que le había enviado el rey visigodo.
Finalmente, de la tercera carta de Gregorio a Recaredo solo queda la parte final de la misma, en la que se indica que le envía otra llave que ha tocado el cuerpo del apóstol san Pedro para que, colocándola en un lugar digno, merezca Recaredo, de parte de Dios, toda bendición y felicidad.
Como ya hemos comentado, en la novela se hace la suposición de que Gregorio regaló a Recaredo un icono bizantino, concretamente un icono pintado por san Lucas, como el icono de la Salus Populi Romani, la protectora del pueblo de Roma, que se venera en la Basílica de Santa María la Mayor y que, según la tradición, llegó a Roma durante el pontificado del papa Gregorio en el año 590.
El papa la sacó en procesión por las calles de la ciudad invocando su protección frente a la epidemia de peste negra que estaba asolando el país, salvando a la ciudad santa. Se considera un icono milagroso y ha sido venerado por todos los papas desde entonces implorándole, a lo largo de los siglos, protección frente a guerras, epidemias y desastres.
Por tanto, el icono de la Virgen regalado por el papa Gregorio a Recaredo era la imagen que se veneraba en Santa María de Sorbaces y a la que los reyes, nobles y religiosos rendían pleitesía y era objeto de sus ofrendas.


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