Domingo de la Cruz
Ya hemos comentado anteriormente que, aparte de Francisco Morales y su familia, Domingo de la Cruz encontró otra parte del tesoro de Guarrazar en una arqueta contigua a donde aquellos hicieron el descubrimiento.
En la investigación judicial que se llevó a cabo, Domingo siempre negó haber encontrado alguna joya y declaró no haber vendido nada a los joyeros toledanos. Su hermana Manuela, quien también tuvo que declarar, afirmó que ella sí vendió unas alhajas en las joyerías de Toledo, que encontró lavando en el arroyo del Prado; concretamente dos cadenas, al parecer de oro, que tenían colgadas cinco o seis piedras azules y blancas, y una letra «M» con piedrecitas muy pequeñas de color blanco como cristales en su interior.
Domingo actuó de la misma forma que Francisco Morales: fue destruyendo las distintas joyas para venderlas por trozos a los joyeros. Cuando salió a la luz pública la venta de las coronas por parte de Navarro a Francia y el revuelo que se originó en nuestro país, siendo portada de los periódicos empezó a asustarse. Mucho más cuando en marzo de 1859 empezó la investigación judicial. A partir de entonces, Domingo ya no se atrevió a vender ninguna parte más del tesoro y lo guardó sin saber muy bien qué hacer con el mismo.
En 1861, seguramente persuadido por su tío Juan Figueroa, que era maestro de escuela de Guadamur, tomó la decisión de entregar las alhajas que todavía tenía en su poder a la reina Isabel II.
Aprovechando que la reina se encontraba pasando la época veraniega en el palacio de Aranjuez, el día 19 de mayo de 1861 se presentó allí Domingo de la Cruz acompañado de su tío Juan Figueroa.
Cuando llegaron, se presentaron a la guardia de palacio con la intención de que los recibiese la reina, pues le traían un valioso presente, según dijeron al jefe de parada que los recibió. Por supuesto, este no creyó que unos humildes aldeanos pudieran traer un presente digno para que la soberana los recibiese, pero al abrir la talega que llevaba Domingo y enseñarle las alhajas allí envueltas, el guardia salió presuroso dando aviso al duque de Bailén, mayordomo mayor de la reina, quien, tras analizar el presente, no dudó en hacerlos pasar a la cámara real del palacio.
Domingo no llevaba todas las joyas que tenía en su poder, por miedo a que se las arrebatasen sin compensación alguna, por lo que solo llevaron una pequeña corona y una cruz de oro ( (la corona del abad Teodosio y la cruz de Lucecio que en la actualidad se exponen en la Galería de las Colecciones Reales).
La reina estaba entusiasmada. Ni en sus mejores sueños podía haber imaginado que ahora, cuando parecía ya olvidada la dolorosa salida de España del tesoro de Guarrazar al Museo de Cluny de París y que había sido portada en todos los periódicos de la nación, arma arrojadiza en las críticas de la oposición al Gobierno y tema central de todas las tertulias de café y copa, apareciera una parte del tesoro que nadie conocía y que podía resarcir un poco las penalidades pasadas.
Además, la actitud dubitativa de Domingo cuando le preguntaron si tenía más piezas guardadas, aunque él había asegurado que no disponía de otras preseas, alentó a la reina a intentar obtener más información de aquel labriego.
Despidió a los dos aldeanos con la promesa de que tendrían noticias suyas cuando hubieran valorado las alhajas entregadas y mandó llamar a Antonio Flores, secretario de intendencia de la Real Casa y Patrimonio y cronista oficial de la reina, haciéndole el encargo de que se ganara la confianza de Domingo e intentara obtener más información sobre el tesoro encontrado.
Al día siguiente, Antonio Flores se desplazó a Guadamur para hablar con Domingo de la Cruz, ganándose su confianza, quien, al final, acabó confesando al emisario de la reina los pormenores que habían envuelto el descubrimiento de ese segundo tesoro, lamentándose de que parte del mismo hubiera desaparecido por la avaricia de su propia familia, perdiéndose en los crisoles de los talleres toledanos, aunque todavía tenía en su poder algunas piezas dignas de admiración. Entre las alhajas desaparecidas se encontraban unos cinchos, talabartes o cinturones con recubrimiento de oro y piedras preciosas y una paloma de oro, probablemente una pixis sacra o vaso eucarístico, que antiguamente se colocaba en el ciborio de los altares y que, representando al Espíritu Santo, servía para depositar las santas formas destinadas a los enfermos y que, según se rumoreaba en Toledo, el joyero que la compró, nervioso porque las autoridades judiciales pudieran acusarle de algún delito, acabó arrojándola al Tajo.
Antonio Flores no quiso llevarse nada consigo y emplazó a Domingo a volver a Aranjuez para entregársela personalmente a la reina.
Al viernes siguiente retornaron al Real Sitio de Aranjuez, Juan Figueroa y Domingo de la Cruz, llevando consigo su preciada carga, de la que destacaba una maravillosa corona de oro decorada con perlas y piedras preciosas, de la que pendían unas letras, como las que adornaban la corona de Recesvinto expuesta en el Museo de Cluny, de chapa de oro rellenas de vidrios de varios colores y terminadas en unos zafiros colgantes, formando una leyenda ininteligible al faltar algunos de sus enganches. La corona estaba suspendida por cuatro cadenas de oro unidas en la parte superior en un florón de cristal de roca tallado con una argolla para colgarla.
Domingo también le entregó a la reina los fragmentos de dos cruces de oro parcialmente mutiladas, cada uno de los cuales se componía de dos aspas, adornadas con perlas y piedras preciosas, con un medallón central con una perla engarzada en una cápsula de doble filete de oro y que debían formar parte de una de las coronas reales. También los restos de una corona de enrejado y una macolla semejante a la que tenía la corona real.
Además, un gran número de perlas, amatistas y zafiros de inusitado tamaño y, por último, una esmeralda grabada en hueco con la anunciación a la Virgen por el arcángel Gabriel, con una minúscula púa de oro incrustada.

La reina estaba tan satisfecha con las joyas entregadas por aquel humilde aldeano que no dudó en prometer a Domingo de la Cruz la suma de cuarenta mil reales, como premio al servicio prestado a Su Majestad, y le hizo valedor de una pensión vitalicia de cuatro mil reales anuales, con el agradecimiento público de la Corona expresado en el propio título que le expidió, para honra suya y de su familia.
Esta entrega quedó reflejada en la Real Orden de la Intendencia de 31 de mayo de 1861:
A D. Domingo de la Cruz. Deseando su majestad la Reina Nuestra Señora (que Dios guarde) recompensar la honradez con que usted ha procedido presentando espontánea y generosamente algunos objetos del tesoro religioso de Guarrazar procedente de las monarquías visigodas, se ha servido mandar que sin perjuicio de la cantidad que desde luego se ha entregado a usted por la Real Tesorería disfrute la pensión vitalicia de 4.000 reales anuales
Real orden de la intendencia de 31 de mayo de 1861

Y como gratificación por su regalo a la soberana le entregó la cantidad de 40.000 reales de vellón, que quedó reflejada en la Real Orden de 9 de junio de 1861.
La Tesorería General de la Real Casa y Patrimonio de Su Majestad entregará a D. Domingo de la Cruz y en su nombre a D. Juan Figueroa la cantidad de 40.000 reales de vellón que en cumplimiento de Real Orden de 9 del actual se libra como gratificación por las coronas y objetos procedentes del tesoro religioso de las monarquías visigodas, hallado en Guarrazar.
real orden de la intendencia de 9 de junio de 1861
El tesoro en el Palacio Real
El día veinticinco de mayo de 1861, la Corte volvió a Madrid con una preciada carga que nadie podría haber imaginado unos meses antes.
Una vez en el Palacio Real las joyas fueron depositadas en el despacho de don Antonio Flores para que fueran examinadas por don José Amador de los Ríos y por don Pedro de Madrazo y Kuntz, que habían intervenido en las excavaciones arqueológicas de Guarrazar.
Los dos académicos analizaron las alhajas centrando su atención en la corona real, con el objetivo de descubrir el monarca que había ofrecido dicha presea.
Faltaban varias letras y las que estaban colgadas las habían colocado sin orden, por lo que tuvieron que ordenarlas formando la siguiente leyenda: «† . S . . l . V . V . R T F . X N F . . O . E».
Faltaban, pues, diez letras para formar la leyenda y, después de estudiar las posibilidades de los nombres de los monarcas a partir de Recaredo, pudieron establecer la leyenda del rey al que correspondía tan bella corona:
«† SVINTHILANVS REX OFFERET»
Es decir, la corona la había ofrecido el rey Suintila quien gobernó de 621 a 631, cuando fue destronado por Sisenando y luego excomulgado en el IV Concilio de Toledo, en 633.
Analizaron la otra corona, en cuya inscripción figuraba que había donada por un abad de nombre Teodosio, y la cruz de oro en cuya inscripción aparecía ofrecida por un tal Lucecius, sin poder descubrir quiénes eran estos dos personajes.
La reina, deseosa de hacer pública la adquisición de este tesoro, dispuso que, una vez adecentadas, se copiaran y se tomaran fotografías para su publicación en la serie de los Monumentos Arquitectónicos de España, en las Memorias de la Real Academia de San Fernando y en las publicaciones del Museo Universal.
Las joyas se depositaron en un primer momento en el Archivo General de Palacio, hasta que se remitieron a la Real Armería de Palacio por Real Orden de 29 de noviembre de 1861.
En la Armería Real las piezas se expusieron en una vitrina del salón principal junto a un manto y unas espuelas con las que fue sepultado el rey Fernando III en el siglo XIII, buscando, quizá, mostrar la continuidad de la monarquía española desde los tiempos de los visigodos.

junto con el manto y espuelas de Fernando III

Con la restauración borbónica en 1874, se empieza a querer poner en valor la Real Armería y se consideró la idea de crear, en el edificio de la armería, un museo militar basado en las colecciones reales. Para ello se puso al frente de este nuevo proyecto a Juan Bautista Crooke y Navarrot, conde de Valencia de Don Juan. Diplomático, historiador, arqueólogo, coleccionista y hombre muy ilustrado, bajo su dirección comienza la catalogación y clasificación de las piezas con la intención de abrir al público antes de 1885 el que estaba llamado a ser el más importante museo de Europa en su género, museo que nunca llegó a abrir sus puertas en su emplazamiento original.
En 1881 comenzaron las obras de reforma de la Armería Real y su adecuación como museo. Esta remodelación incluía la instalación de maniquíes para armaduras, decorados, colocación de vitrinas para las armas más notables, colgaduras, reposteros y tapices en las paredes. También se proyectó cubrir los suelos y techos, que eran de bóveda de piedra, por artesonados de madera y parqué, muy del gusto de la época. Grave error que propició la destrucción del edificio en la madrugada del 9 al 10 de Julio de 1884.
Esa noche se produjo un incendio en la Armería Real, iniciándose posiblemente por un escape de gas en una buhardilla del edificio. El fuego se trasladó a la armería, quemándose la techumbre del salón principal, que empezó a derrumbarse.
La mayoría de las piezas expuestas en la armería pudo salvarse. Las coronas y otras piezas del tesoro fueron trasladadas a la caja fuerte de la Intendencia, aunque con algunos desperfectos. En concreto la macolla de la corona de Suintila sufrió daños que nunca fueron reparados.
El edificio presentaba un estado ruinoso. El tejado había desaparecido por completo, así como gran parte de la tercera planta. Semanas después se decidió derruir lo que quedaba de la antigua construcción y proyectar un nuevo emplazamiento. Alfonso XII propuso su reconstrucción en la zona oeste del Palacio, Real, comenzando las obras en ese mismo año, aunque el rey no pudo verlas terminadas debido a su fallecimiento al año siguiente. La reina regente María Cristina de Habsburgo puso su empeño personal en ver finalizadas estas obras, siguiendo los deseos de Alfonso XII.
Las coronas se guardaron en la caja de la Intendencia hasta el 7 de mayo de 1886 cuando se entregaron al director de la Armería, el conde de Valencia de Don Juan, que las custodió hasta la reconstrucción y reapertura de la Armería Real en el año 1893.
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