El tesoro de Guarrazar es un maravilloso conjunto de coronas votivas, cruces y otras piezas de oro y piedras preciosas de la época visigoda que se encontró en el siglo XIX y que, actualmente, está repartido entre el Museo Arqueológico Nacional, el Museo de las Termas de Cluny en París, el Palacio Real, la Galería de las Colecciones Reales de Patrimonio Nacional, la Real Academia de la Historia y el Museo de Santa Cruz de Toledo.

Museo Arqueológico Nacional
Museo Arqueológico Nacional
Museo de las Termas de Cluny en París
Palacio Real y Galería de las Colecciones Reales

El descubrimiento

Nos remontamos al siglo XIX, 1858, reinando en España Isabel II con el gobierno de la Unión Liberal de O’Donnel , que asumió el cargo en junio de ese año.

Una tarde de finales agosto de 1858, podría ser el 24 o el 25 de ese mes, no está claro, venía de Toledo una familia del pueblo de Guadamur, que regresaba a su casa después de pasar el día en la ciudad imperial.

Se trataba de Francisco Morales acompañado de su mujer María Pérez y su hija Escolástica que se había presentado al examen de maestra en Toledo. En realidad, Escolástica era hijastra de Francisco, ya que su mujer, María, se había casado en terceras nupcias con él, aportando al matrimonio cuatro hijas.

Guadamur es una pequeña villa que se encuentra a unos catorce kilómetros de Toledo, es decir, unas dos leguas y media.

reina Isabel II
reina Isabel II
Guadamur en el siglo XIX
Guadamur en el siglo XIX
Familia Morales (recreación)
Familia Morales: Francisco Morales, su mujer María Pérez y su hija Escolástica (recreación)

La familia venía acompañada un burro y se pararon a descansar en un paraje conocido como Guarrazar, donde manaba una fuente cuyo origen se encontraba en una pequeña presa romana ejecutada en el lecho de un arroyo.

A ambos lados del camino y del arroyo se encontraban unas huertas separadas con cercas de piedra. El día anterior una gran tormenta había descargado con furia sobre la comarca dejando sobre el terreno las huellas del paso del agua. Escolástica se separó del arroyo y se acercó hasta una zona cercana donde se podía apreciar la fuerza del agua caída el día anterior sobre la tierra. Allí vio una losa de piedra que tapaba un hueco y que se había desplazado de su posición original dejando entrever una oquedad bajo ella. En realidad se trataba de una arqueta cuadrada, revestidas de hormigón romano, de 0,75 m de lado y una profundidad de 1,60 m.

En esta arqueta se encontraba un maravilloso tesoro compuesto de coronas, cruces, cinturones y otras piezas de oro y piedras preciosas.

Como el lugar del hallazgo estaba cerca del camino de Toledo y para evitar que alguien pudiera verlos sacar el tesoro de la arqueta, cogieron solo una parte del mismo, guardándolo en las albardas del burro, y el resto lo volvieron a esconder colocando de nuevo la losa que tapaba aquella fosa.

arqueta donde se encontró el Tesoro de Guarrazar
Arqueta donde se encontró el tesoro (recreación)
tesoro de guarrazar

arqueta con el tesoro de guarrazar

Francisco Morales volvió esa misma noche al sitio de Guarrazar con el burro, y al amparo de la oscuridad de la noche sacó el resto de piezas de su escondite, lo cargó en el animal y regresó a su casa. Pero no se dio cuenta de que un paisano suyo, Domingo de la Cruz, cuya familia tenía unos terrenos que lindaban con la huerta donde habían encontrado el tesoro, estaba observando esa escena desde la cerca de piedra de separación, sin reconocer la identidad de Francisco, debido a la oscuridad de la noche. A la mañana siguiente, Domingo fue a examinar el terreno para ver qué es lo que estaba haciendo el desconocido a esas horas de la noche rebuscando en la tierra, y se encontró con la arqueta vacía y la losa quitada. Removió el terreno donde halló alguna piedra preciosa suelta, de alguna de las joyas, y se encontró con otra losa que cubría otra arqueta similar a la otra. Desplazó la losa comprobando que contenía otro tesoro escondido en esa fosa. Domingo sacó todas las joyas y se las llevó a su casa ocultándolas allí.

Por lo tanto, tenemos dos tesoros con dos descubridores distintos: la familia Morales y Domingo de la Cruz, que no conocían la identidad uno del otro. Sin embargo, la forma de actuar de los dos fue la misma y empezaron a trocear las joyas halladas para venderlas en las joyerías de Toledo. En el caso de la familia Morales, fue Francisco el encargado de vender estas joyas, pero en la familia De la Cruz, no solo intervino Domingo, sino que su hermana Manuela, enterada del descubrimiento y dada la proximidad de su propia boda, fue a Toledo en numerosas ocasiones , a veces sola y otras veces acompañada de su primo Mauricio, que era abogado, a vender algunas de las alhajas.

Con anterioridad, Manuela le había llevado unas joyas del tesoro al sacristán del pueblo, José Guillermo Sánchez de Diego, para que las analizara y comprobara el valor de las mismas. Según el testimonio del sacristán, le llevó «una cadena de cuatro corazones de oro, cada uno de media onza, pesada por él, cuatro esmeraldas grandes engarzadas en oro. Dicha cadena tenía en medio una M adornada de piedras preciosas como topacios y otras varias piedras preciosas cuya clase no conoció, así como otros pedazos de cadena igualmente adornados con piedras preciosas». Añade que solo el oro tenía un peso de cinco a cinco y media onzas, es decir unos 150 a a 165 gramos. Posiblemente, Manuela cogió estas joyas, así como algunas que vendió en Toledo, sin el consentimiento de su hermano Domingo.

Adolphe Hérouart y José Navarro

Francisco estuvo visitando a los joyeros de Toledo desde los últimos días de agosto, cuando se produjo el descubrimiento, hasta finales de septiembre o principios de octubre cuando contactó con un amigo suyo, Adolphe Hérouart, que era un militar francés que trabajaba como profesor de francés en el Colegio de Infantería de Toledo, muy aficionado a las antigüedades para intentar dar una salida mejor a las joyas del tesoro.

Disco de Teodosio
Disco de Teodosio

Hérouart contactó con José Navarro, un joyero de Madrid, que era diamantista real ya que había elaborado la corona de la reina Isabel II, para intentar venderle todas las piezas que Francisco seguía teniendo en su poder. Navarro, además de su fama como orfebre era una persona reconocida en los círculos artísticos y culturales ya que, por ejemplo, la Real Academia de la Historia había contado con él para la restauración del disco de Teodosio.

Navarro accedió a su compra con la condición de que el francés le ayudara a recuperar los restos de alhajas en poder de los joyeros toledanos que no hubieran ido a parar a los crisoles. Cerraron el trato con el pago, por parte de Navarro, de 72 000 reales a Hérouart. Este a su vez le pagó a Francisco Morales 40 000 reales.

El segundo frente de actuación de Hérouart fue conseguir dar apariencia legal al descubrimiento. Para ello había que hacerse con la propiedad de la finca donde apareció el tesoro. Averiguó que pertenecía a Marcos Hernández, vecino de Toledo. El 8 de octubre acudió el francés a su domicilio insistiéndole en la venta de la tierra de Guarrazar, venta que quedó formalizada en escritura pública el 15 de octubre de 1858 por el precio de 2.800 reales (el triple de su valor real).

Con las tierras ya de su propiedad, Hérouart, con la ayuda de Francisco Morales, empezó a excavar en el terreno, no encontrando más que tumbas, ya que aquello era un cementerio, y alguna joya menor o alguna piedra preciosa que, posiblemente, se le hubiera caído a los descubridores cuando sacaron los tesoros. Al final, desistieron de su empeño y el francés le vendió las tierras a Francisco Morales, recibiendo a cambio una corona que Morales todavía tenía en su poder.

Hérouart y Navarro visitaron los establecimientos de joyeros de Toledo y Madrid, donde, al parecer, habían llegado algunas piezas, durante los meses de octubre y diciembre de 1858, intentando recuperar el mayor número de joyas posible. Con las alhajas aportadas por Francisco Morales y los restos recuperados en las distintas joyerías, Navarro fue restaurando las distintas alhajas hasta componer un conjunto realmente majestuoso.

Salida del tesoro a Francia

Una vez restauradas las joyas, Navarro empieza a cavilar a quién vendérselas. Lo normal hubiese sido ofrecérselos al Estado español, pero en la decisión del joyero pesó mucho la experiencia que tuvo tras el encargo recibido de la realización de la corona real de Isabel II, que tardaron más de cinco años en pagarle, después de limosnear por todos los ministerios y poner en el Monte de Piedad muchos de sus bienes, lo que le llevó casi a la ruina. Creemos que por esta razón, y posiblemente aconsejado por Adolphe Hérouart, tomó la decisión de sacar el tesoro, fuera de nuestras fronteras, concretamente a Francia, donde seguramente la burocracia era mucho menor y le pondrían menos trabas.

En enero de 1859, Navarro se desplazó a París para ofrecer el tesoro, compuesto por ocho coronas y cinco cruces, al Ministro de Estado, Achille Fould, quien, antes de proceder al pago correspondiente, las envió al Museo de las Termas de la Abadía de Cluny, para que analizaran las piezas que componían el lote.

Pero antes de fijar el precio y formalizar la compra, en el país vecino comenzaron a salir a la luz las noticias de la adquisición del tesoro por parte del Estado francés. El primero en hacerlo fue Adrien Prévost de Longpérier (conservador de antigüedades del Museo del Louvre) en el Bulletin de la Societé Imperiale des Antiquiares de France, el dos de febrero de 1859, y algunos días después otros artículos de Edmond du Sommerard (director del museo de Cluny) en Le Monde Illustré, el día 12 de febrero y otro de H. Lavoix en la L’illustration el 19 de febrero de 1859.

En el artículo de Longpérier se expone que un grupo de expertos entre los cuales se encontraban Alfred Darcel y Du Sommerard, habían conseguido aclarar la leyenda de una de las coronas cuyas letras estaban desordenadas:

†RECCESVINTHVS REX OFFERET,

es decir era una ofrenda del rey Recesvinto, que reinó desde 653 hasta 672, aunque cogobernó con su padre Chisdanvinto desde 648.

La resolución de esta leyenda permitió la datación del tesoro. Por otra parte, el que esta corona perteneciera a Recesvinto, artífice del Liber Iudiciorum, la gran obra del derecho visigodo, que derogaba las leyes anteriores y aplicaba el mismo derecho a godos e hispanorromanos, hacía de este descubrimiento un hallazgo excepcional.

Bulletin de la Societé Imperiale des Antiquiares de France
Bulletin de la Societé Imperiale des Antiquiares de France (2 de febrero de 1859)
Achille Fould
Achille Fould
Adrien Prévost de Longpérier
Adrien Prévost de Longpérier
Edmond du Sommerard
Edmond du Sommerard

Primeras noticias del descubrimiento en España

La primera noticia en España de este descubrimiento la publicó el Boletín del Comercio de Santander, el 9 de febrero de 1859.

Boletín de comercio de Santander

El Ministro de Estado de Francia acaba de comprar para el museo de Cluny ocho coronas de oro del siglo VII, encontradas cerca de Toledo, capital de los reyes Godos, en el sitio llamado de la Fuente de Guarrazar.
Estas coronas están adornadas con ricos zafiros y perlas engarzadas con suma habilidad.
La mayor de todas lleva el nombre del rey Recesvinto, príncipe que reinó en España de 649 a 672.
La que sigue, y ha sido probablemente de su esposa, se parece extremadamente a la de la reina Teodolinda, conservada en Monza.
De variadas formas las otras seis y de más cortas dimensiones, parecen haber pertenecido a los hijos del rey godo.
Todas las coronas están amarradas con hermosas cadenas de oro y una cadenilla que pasa por el centro de cada una, sostiene una cruz, engarzada con pedrería. Habían sido destinadas dichas joyas a la Virgen de Sorbaces, según se lee en una de las cruces. Ofrecen mucha semejanza con las joyas de los merovingios.
Esta magnífica colección adquirida por el ministro de Estado, suministrará amplios motivos de estudio a los artistas y anticuarios, y las coronas de Guarrazar figurarán en la historia de las joyas de la edad media, en la misma línea que las ponderadas coronas de Monza, admiradas desde tantos siglos, y que les son inferiores en número y en riqueza. Ahora resta saber a los españoles cómo han ido a parar a manos extranjeras, joyas tan preciosas para nuestra historia.

Boletín de Comercio de Santander, 9 de febrero de 1859

A la mañana siguiente, el periódico La España se hacía eco de la información, resumiendo lo expuesto en El Boletín de Comercio de Santander y terminando el artículo con el siguiente apunte:

«Sensible es que estas preciosidades históricas, sacadas de nuestro suelo, vayan por nuestra incuria a enriquecer los museos extranjeros».

La España, 10 de febrero de 1859

Los días siguientes se sucedieron llenos de actividad. Pascual Gayangos, que era archivero de la Real Casa y Patrimonio de Su Majestad, fue a informar al ministro de Fomento, don Rafael de Bustos y Castilla, marqués de Corvera, de todo lo que estaba aconteciendo, con el propósito de que se lo notificara a la reina Isabel II y contactó con Antonio Martín Gamero, académico correspondiente de la Real Academia de la Historia en Toledo, y miembro de la Comisión de Monumentos de esa ciudad, para que buscara alguna explicación a todo ese asunto.

A raíz de que la noticia de la venta del tesoro a Francia saliera a la luz, Adolphe Heróuart envió una carta al periódico La España dando su versión de los hechos

«La verdad se ignora. Con motivo de haberse dicho que el Gobierno francés ha comprado siete coronas godas halladas en la provincia de Toledo, escriben de la ciudad imperial lo siguiente:
A mediados del último verano se presentó en esta ciudad un labrador, vecino de Guadamur, con un pedazo de corona de oro, cuya hechura demostraba que la pieza de que debía proceder perteneció a la más remota antigüedad. Yendo a venderla, desconfió del precio que le ofrecieron los plateros, y buscó un comandante francés al servicio de España, que era el catedrático de este colegio militar, quien se sabía era un anticuario decidido, y con efecto prometió al labriego más cantidad de la que los otros le habían ofrecido, poniéndole, sin embargo, la condición de que tenía antes que justificarle la legítima procedencia de aquella alhaja. El vendedor le manifestó que, trabajando en un terreno del término de su pueblo y sitio de la fuente de Guarrazar, a poco de la superficie, se la había encontrado, invitándole al mismo tiempo a ir con él a aquel paraje.
El francés reflexionó muy cuerdamente que una cosa de tales circunstancias no debía estar allí aislada, y pasó instantáneamente al sitio designado con el vendedor, y emprendió desde luego con un palo a reconocer la tierra.
Su conductor le propuso que él iría a buscar una azada, y mientras volvió logró el francés descubrir una caja al parecer de plata, de figura de una urna y de cerca de media vara de largo, la que, oxidada enteramente, según él ha manifestado, se deshizo toda al ponerse en contacto con la atmósfera. Este descubrimiento le hizo ver que debía emprender sus excavaciones en mayor escala, y decidido a ello, cuando el vendedor del pedazo de cadena volvió con la azada, le dijo que estaba convencido de la procedencia del objeto de su venta, y le entregó en el acto la cantidad ofrecida, informándose de él al mismo tiempo quién era el dueño de aquel terreno; y siéndolo un vecino de esta ciudad, tan luego como regresó, hizo las diligencias necesarias para la compra de aquel, la que tuvo efecto en triple cantidad de la que en concepto del poseedor valía, pretextando que quería construir allí una huerta de recreo.
Dueño ya de la tierra, emprendió las excavaciones en ella con toda constancia, lo que no llamó la atención de nadie, pues era pública su afición, como anticuario, de buscar los restos de los edificios que, en tiempo de los romanos, de los godos y de los sarracenos, existieron en estas inmediaciones.
Sus trabajos dieron por resultado encontrar un pavimento de piedra lleno de sepulcros de la misma materia, de los cuales se cree con fundamento deben haber sido extraídas las coronas compradas en Francia para el museo de Cluny; porque si aquellas tumbas encerraron, como es muy probable, los restos de los reyes y príncipes godos, las coronas con que se les sepultasen pueden haber resistido allí escondidas el rigor de tantos siglos, por la pura y buena ley del metal de que la componían. Nadie, sin embargo, en esta, sabía cosa alguna de tan precioso hallazgo, ni en la actualidad persona ninguna puede asegurar lo que el francés descubrió bajo aquellas losas funerarias.».

La España, 22 de febrero de 1859

En cuanto salió publicado el periódico con la noticia, el gobernador civil de Toledo, Casimiro Huerta Murillo, hizo las indagaciones oportunas y se puso en contacto con Adolphe Hérouart, ya que se daban las pistas suficientes para saber quién era el protagonista de esta historia, con el fin de esclarecer las líneas ocultas de la misma que no habían salido impresas en el diario.

El francés le contó al gobernador su versión de los hechos con más detalle, desvelando la venta posterior de las coronas a José Navarro y la forma en la que el joyero le refirió cómo había restaurado las joyas y las había sacado del país con destino a Francia, sin que aportara más pormenores del camino seguido por las joyas desde que escaparon de sus manos y pasaron a las del diamantista real.

Al día siguiente, Casimiro Huerta convocó una reunión de la Comisión Provincial de Monumentos para comunicar su conversación con Hérouart y establecer los pasos a seguir a partir de ese momento. En la misma se decidió ponerse en contacto con el Ayuntamiento de Guadamur con objeto de realizar una visita al lugar del descubrimiento y, a ser posible, hablar con Francisco Morales para que les diera más información sobre el particular y contrastarla con la versión de los hechos expuesta por el comandante francés. Y así lo hicieron unos días más tarde. La intención de la Comisión Provincial de Monumentos era la de hacerse cargo de las excavaciones lo antes posible, puesto que, según les habían informado en el pueblo, desde que saliera la información en el periódico La España multitud de curiosos se habían acercado a la finca para intentar emular a los descubridores y arrancar de las entrañas de la tierra nuevos tesoros.

Visitaron el terreno, vieron las tumbas encontradas, lo que ratificaba la existencia de un antiguo cementerio, y las arquetas donde se habían encontrado el tesoro, según les informó Francisco, aunque lo extraño era que tan magníficas joyas estuvieran escondidas en un lugar tan sencillo, pues era notorio, por las sepulturas levantadas, que aquellas tumbas no podían pertenecer a tan reales huéspedes como el rey Recesvinto y su familia y que la presencia de las alhajas en ese escondite parecía deberse a otros motivos.

Por otra parte, en Madrid, La Real Academia de la Historia seguía con expectación todos estos acontecimientos, no pudiéndose creer que José Navarro, el joyero que había realizado la corona de la reina y que había restaurado el disco de Teodosio para la la Academia, era el que había sacado el tesoro a Francia.

El propio ministro de Fomento, don Rafael de Bustos y Castilla, marqués de Corvera, había encargado a los académicos don Pascual Gayangos y a don José Amador de los Ríos que estuvieran al tanto de los pasos que estaba realizando la Comisión Provincial de Monumentos de Toledo, con el fin de que la Academia pudiera hacerse cargo de las excavaciones arqueológicas de Guarrazar.

Las líneas de tinta de los periódicos recogían las noticias que, casi a diario, iban apareciendo acerca de los avatares de las investigaciones que se estaban llevando a cabo para esclarecer los motivos de la venta del tesoro a Francia.

A Navarro se le tachaba de antipatriota por haber sacado de España las joyas, pertenecientes a los antiguos reyes de España, de una forma fraudulenta, habiendo sido, además, diamantista de la reina.

Se acusaba al Gobierno de inacción e indolencia, por haber tolerado que España fuera el hazmerreír de Europa al permitir que la corona de uno de los grandes soberanos de este país no se pudiera conservar en manos del pueblo al que dedicó los afanes de su glorioso reinado. Más aún cuando este mismo rey en el VIII Concilio de Toledo sancionó una ley en la que se promulgaba que todo lo adquirido por los monarcas durante su reinado perteneciera de derecho a los reyes y no a sus hijos o herederos, y, por tanto, los tesoros de los reyes formarían parte de la Corona española representada por la reina Isabel II, heredera de la realeza de nuestro país. Además, la prensa recordaba amargamente cómo en los últimos años, fruto del proceso desamortizador, se había tolerado, impasiblemente, la salida del país de muchas obras de arte hacia manos extranjeras, sin haber hecho nada para impedirlo en la mayoría de los casos. También, desde la tribuna de oradores de las Cortes se interpelaba al Gobierno para que se interesara por este tema e informara a la cámara de los pasos seguidos.

Las actuaciones siguientes tuvieron dos vertientes: por una parte, se iniciaron las gestiones oportunas para la reclamación diplomática de las coronas a Francia y, por otra, se inició una investigación judicial en Guadamur y se autorizó a la Real Academia de la Historia para realizar las excavaciones en el lugar del hallazgo con objeto de intentar aclarar los pormenores del descubrimiento.

Las reclamaciones diplomáticas

Para el requerimiento de la devolución de las coronas a España se contó con el embajador en París, don Alejandro Mon, cuya primera misión fue intentar convencer a Navarro de romper las negociaciones con el Gobierno francés, ya que todavía no se había firmado el contrato de venta de las coronas.

En un principio, el diamantista se había mostrado colaborador, pero no dependía ya de él. El propio emperador estaba muy interesado en mantener las joyas en Francia y estaba presionando para que se llegara a un acuerdo sobre el precio de la venta y se firmara el contrato con José Navarro lo antes posible. De hecho, los arqueólogos franceses se habían apresurado en publicar la adquisición del tesoro antes de la firma del contrato y se hubiera satisfecho el importe de la compra. Habían pasado más de dos meses desde que Navarro llegara con su preciado cargamento al Museo de Cluny y todavía no se había cerrado la venta.

El platero se mostraba nervioso, sobre todo desde que la noticia había salido a la luz en España y su reputación estaba siendo pisoteada por las críticas de un país herido en su orgullo. Incluso llegó a firmar una misiva en la que declaraba ante el emperador su amor por su reina y por España, ya que en ella tenía que vivir y en ella poseía sus afecciones y que en ningún modo podía resistir la corriente suscitada en la opinión pública ni la fuerza y autoridad del Gobierno español. Apuntaba también su intención de deshacer el trato, argumentando no haber recibido todavía el pago convenido, y de recoger las coronas y devolverlas a España, pues no podría recibir un dinero que su patria reputaría como premio de una acción que había herido su susceptibilidad, y ofendido el orgullo patrio, al privarle de un tesoro, recuerdo de su historia y valorado ampliamente por sus contemporáneos, cerrándose, acaso, las puertas de su patria, y este sacrificio alcanzaría a su familia causando su desconsuelo y desgracia.

Alejandro Mon
Alejandro Mon.
Embajador español en París

Alejandro Mon estaba intentando aprovechar esta circunstancia para hacer dudar a Navarro y satisfacer los deseos de la reina Isabel II de recuperar las coronas. El Ministro de Estado, Achille Fould, se comprometió con el embajador a no realizar la compra definitiva antes de que el emperador decidiera sobre este caso.

Pero las negociaciones diplomáticas con Francia no estaban dando los frutos deseados. El Gobierno galo se negaba a devolver las coronas. El conde Walewski, ministro de Relaciones Exteriores que era primo del emperador, por ser hijo natural de Napoleón, y que favorable a los intereses de España, le envió una misiva a su amigo el embajador español Alejandro Mon pidiéndole argumentos más sólidos que los expuestos hasta ese momento y, a ser posible, un fallo judicial contra Hérouart, por haber vendido unas joyas que no le pertenecían, donde apoyarse para justificar la reclamación del Estado español.

Desde España se argumentaba que las coronas y otras piezas encontradas eran propiedad de la Corona española, basándose en las leyes españolas. El propio rey Recesvinto decretó una ley, ratificada en el VIII Concilio de Toledo, determinando que todos los bienes adquiridos o ganados durante el reinado de un monarca pasarían a formar parte de la Corona y, por tanto, de los reyes que le sucedan y no de sus hijos o herederos. Así que las coronas encontradas son propiedad legítima de nuestra soberana y de la monarquía española y, por ende, del pueblo español.

Pero estos argumentos parecían no convencer al Gobierno francés, que pedía una base más sólida donde apoyar las reclamaciones españolas.

Presionado por ambos gobiernos, Navarro, al final, tomó el dinero que le ofrecían desde Francia y escribió dos cartas al Ministro de Estado de España explicando las circunstancias de la compra y restauración de las joyas y las razones de su venta a Francia, con el objetivo de limpiar su nombre.

Los franceses se negaron a la devolución del tesoro, haciendo de este tema una cuestión de estado, por lo que el embajador, don Alejandro Mon, veía con desesperación cómo las opciones de una solución beneficiosa para los intereses españoles se diluía con el paso de los días, poniendo sus esperanzas en la investigación judicial que se iba a llevar a cabo y en las excavaciones arqueológicas de las huertas de Guarrazar, aunque, como veremos a continuación, no se consiguieron los resultados esperados.

La investigación judicial

Para que las reclamaciones diplomáticas tuvieran éxito, hacía falta una base sólida y legal que respaldara las pretensiones españolas, fundadas en la propiedad legítima de las coronas por parte de la monarquía hispana. Para conseguir estas pruebas, a finales de marzo se inició una investigación judicial en Guadamur, cuyo objetivo era definir, si fuera posible, la fecha del descubrimiento, basándose en la sospecha generalizada de que podía haber sido en agosto y no en octubre como afirmaba Hérouart. Por otra parte, también interesaba conocer el lugar exacto donde Morales y el francés habían sacado el tesoro, pues el terreno comprado por este último lindaba con suelo propiedad del pueblo y cabía la posibilidad de que hubiera mentido y que, en realidad, el descubrimiento se hubiera producido fuera de su finca, por lo que, en ese caso, no tendría ningún derecho sobre el tesoro.

Esta investigación comenzó a finales de marzo, trasladándose el Juzgado de Primera Instancia de Toledo a Guadamur para tomar declaración a todos los implicados en el descubrimiento o a aquellos que se suponía que podían aportar alguna información a todo este asunto. No había tiempo que perder, puesto que en unos días se pretendían iniciar los trabajos en el terreno y era aconsejable disponer de toda la información posible para intentar dar luz a las sombras que rodeaban el descubrimiento y a la salida de las coronas de España.

En Guadamur declaró en primer lugar Francisco Morales, que fue fiel a su versión, indicando que conocía a Hérouart de algunas gestiones realizadas para él, habiendo cuajado una buena amistad, y que un día, paseando cerca de la fuente de Guarrazar, vieron unas construcciones antiguas que interesaron al francés. Unos días más tarde se informó que el propietario era un tal Marcos Hernández, vecino de Toledo. Lo compró por unos dos mil ochocientos reales a mediados de octubre y ya siendo propietario se pusieron a excavar, encontrando el tesoro. Contrataron a unos hombres para ayudarlos en los trabajos de levantar todo el terreno, pero solo encontraron piedras y tumbas, ninguna joya más. Después, el francés vendió el tesoro a Navarro, quien le entregó a cambio setenta y dos mil reales y, al parecer, este recompuso muchas de las joyas y de las coronas y las sacó fuera del país, a Francia. Y, por último, Hérouart le entregó a Morales cuarenta mil reales en pago por sus servicios.

También declaró Manuela de la Cruz, que había vendido en Toledo varias joyas, posiblemente sin el conocimiento de su hermano Domingo, y a la que había acompañado su primo Mauricio. Manuela en su narración de los hechos relató que, a finales de agosto del año anterior, encontró, en el arroyo que atravesaba el pueblo, dos cadenas, al parecer de oro, que tenían colgadas cinco o seis piedras azules y blancas, y una letra «M» con piedrecitas muy pequeñas de color blanco como cristales en su interior. Se las llevó al tío Pepe, el sacristán, para ver su valor. Llamaron, por tanto, a don José Guillermo Sánchez de Diego, hombre muy querido y respetado, y sacristán del pueblo, quien declaró que el veintiséis de agosto Manuela le llevó una cadena de cuatro corazones de oro, cada uno de media onza, pesada por él, cuatro esmeraldas grandes engarzadas en oro, y una «M» adornada de piedras preciosas, como topacios y otras piedras.

Declaró Mauricio, que había acompañado a Manuela a las joyerías de Toledo para la venta de algunas de las joyas, verificando el relato de su prima, aunque no coincidió con ella en el lugar del descubrimiento de esas joyas, ya que apuntó a la fuente de Guarrazar, donde Manuela las encontró en vez de en el arroyo del Prado. Esta información, así como la fecha en la que se encontraron las joyas, hizo sospechar al juez y a la comisión encargada de la investigación, encabezada por don Aureliano Fernández Guerra, académico de la Real Academia de la Historia y miembro del Ministerio de Fomento, de que el descubrimiento se había producido en el mes de agosto y no en octubre, por lo que el terreno no era de Hérouart en ese tiempo y no tendría ningún derecho sobre el tesoro. Intentaron obtener más información con las declaraciones de otras personas, pero no había pruebas objetivas que evidenciaran esta hipótesis y abandonaron Guadamur con la sensación de que la verdad estaba siendo silenciada por un manto de intereses ocultos.

Unos días más tarde, la investigación siguió en Toledo, tomando declaración a los joyeros que habían adquirido algunas de las joyas: Mateo Gamero, Martín Vicente Velasco, José Gómez y Felipe Rodríguez, todos con sus comercios en la calle Ancha de la ciudad. Algunos de ellos reconocieron haber comprado parte del tesoro, tanto a Manuela como a otros sujetos de Guadamur, pero todos, sin excepción, argumentaron que se trataba de trozos de oro, algunos con forma de hojas, otros de plata oxidada, algunos eslabones pertenecientes a una cadena y otras piezas, pero que no denotaban un valor artístico destacable ni mucha antigüedad. En este punto, los responsables de la investigación terminaron la ronda de declaraciones con la certeza de que nadie quería hablar del descubrimiento y había un acuerdo no escrito de silencio entre todos los implicados.

La investigación judicial se desarrolló en una primera fase durante el mes de marzo y principios de abril. En el mes de mayo se retoma de nuevo la investigación judicial. Testificaron Hérouart, Francisco Morales, Manuela y Domingo de la Cruz, su primo Mauricio, José Guillermo y otros paisanos de Guadamur, así como los joyeros toledanos y de Madrid, donde al parecer también se vendieron algunos fragmentos del tesoro. Sus declaraciones no sacaron a la luz nada nuevo y cada uno siguió defendiendo su versión, repitiendo lo expuesto en las declaraciones de marzo y abril.

Al final, se cerró la investigación judicial con la conclusión de que muchos de los encuestados mentían en sus declaraciones, pero sin ninguna prueba sólida de ello, y que un manto de silencio se extendía sobre todo este asunto.

Las excavaciones arqueológicas

Por Real Orden de 9 de abril de 1859, la reina Isabel II dispuso la formación de una comisión de excavación en las Huertas de Guarrazar con el propósito de averiguar si había allí existido en la antigüedad un templo cristiano u otro edificio sagrado, encargando estos trabajos a la Real Academia de la Historia, bajo la dirección de don José Amador de los Ríos. El fin que se perseguía era demostrar que las coronas encontradas eran donaciones de los antiguos reyes a la Iglesia y, por tanto, se trataba de objetos que habían sido propiedad de la realeza y que correspondían a su sucesora, es decir a la reina Isabel II, que esperaba que este argumento sirviera en las reclamaciones diplomáticas que estaban en marcha.

Esta comisión debía estar formada por «dos individuos de la Real Academia de la Historia, uno de la comisión provincial de Monumentos, de un oficial auxiliar del Ministerio de Fomento y de un delegado del gobierno de la provincia.

El día 10 de abril se desplazó a Guadamur la comisión de excavaciones formada por los académicos don Aureliano Fernández Guerra y don José Amador de los Ríos, así como por don Emilio Lafuente Alcántara, oficial del Ministerio de Fomento.

Aureliano Fernández Guerra
Aureliano Fernández Guerra
José Amador de los Ríos
José Amador de los Ríos
Emilio Lafuente Alcántara
Emilio Lafuente Alcántara

José Amador de los Ríos recogió los avances de la comisión en su libro El arte latino-bizantino en España y las Coronas visigodas de Guarrazar de 1861. Por esta publicación conocemos los detalles de las excavaciones.

Encabezada esta primera visita oficial al lugar del descubrimiento el ministro de Fomento, don Rafael de Bustos y Castilla, marqués de Corvera, acompañado del gobernador civil de Toledo, don Casimiro Huerta Murillo, y del gobernador militar de esa ciudad, el comandante Lorenzo Milans del Bosch. Sin embargo, no se presentaron ni el delegado del Gobierno ni la persona designada por la Comisión de Monumentos de Toledo. Y es que, antes de la publicación de la Real Orden, este organismo había estado pugnando con la Real Academia de la Historia por hacerse cargo de las excavaciones, cayendo finalmente del lado de esta última.

También a acompañaba a esta comisión un diamantista tasador del Monte de Piedad, que se instaló en el ayuntamiento de Guadamur, por si había suerte y aparecía en esa jornada dominical alguna joya que estuviese en manos de algunos paisanos del pueblo y que todavía no hubieran entregado a las autoridades.

marqués de Corvera
Rafael de Bustos y Castilla,
marqués de Corvera

La comisión se desplazó a la huertas de Guarrazar, donde ya estaba esperando un retén de la Guardia Civil con unos presidiarios, a los que habían conmutado parte de sus penas por trabajar en las excavaciones, encargados de seguir las directrices que les dieran los comisionados.

El estado que presentaba el terreno era desolador, ya que desde que la noticia del descubrimiento del tesoro había salido a la luz, numerosas personas habían ido a las huertas de Guarrazar con la ilusión de encontrar nuevos tesoros o, por lo menos, alguna joya o piedra preciosa que se hubiera caído de las joyas y se encontrara oculta bajo la tierra.

José Amador de los Ríos empezó a marcar las primeras líneas de excavación y a dirigir los trabajos preliminares, realizados por los presidiarios, aunque los medios materiales que tenían que haber llegado desde Toledo no los habían enviado, y el alcalde dio orden al capataz de traer útiles del ayuntamiento para realizar las excavaciones hasta que se enviaran los medios prometidos, cuestión a la que el gobernador se comprometió delante del ministro.

El tasador del Monte de Piedad, durante toda la mañana había ido recogiendo distintos objetos entregados por los vecinos a cambio de una justa remuneración: colgantes y pasadores de oro, zafiros, perlas, amatistas, cristales verdes y azules, etc. En total se hizo un desembolso de mil y pico reales, pero las piezas, aunque tenían valor y claramente formaban parte de las coronas y cruces encontradas en Guarrazar, eran pequeñas y ninguna de ellas destacaba. Para lamento de la comisión, no apareció ningún objeto de verdadera valía que pudiera compensar los sinsabores de la salida del tesoro a Francia.

En el yacimiento se iniciaron nuevas líneas de excavación para descubrir los muros norte y de mediodía de lo que parecía un templo cristiano. Poco a poco se fueron encontrando restos de mármol blanco y de color, con relieves que denotaban la riqueza de las paredes del edificio.

A mitad de la semana, la lluvia pertinaz obligó a suspender los trabajos durante algo más de un día, en el que los académicos aprovecharon para estudiar los relieves y piezas encontradas. Al día siguiente se reanudaron las tareas, excavando los límites del pavimento de granito encontrado, para descubrir nuevos sepulcros que fueron abiertos con cuidado buscando inscripciones o vestigios que pudieran aportar alguna información de aquella construcción.

Salieron a la luz unos sillares delimitando claramente la línea exterior de los muros de un edificio que, por su situación al lado del cementerio, parecía tratarse de un templo. Además, los restos encontrados y los materiales empleados confirmaban, sin género de duda, la importancia del mismo, así como su origen visigodo, con influencias del imperio bizantino, debido a los años de compartir territorio con el mismo en las costas orientales y meridionales de la península, hasta que el rey Suintila los expulsó definitivamente de estas tierras.

Los trabajos se suspendieron durante los días de Semana Santa, reanudándose el lunes de Pascua, dieciocho de abril. En esta segunda fase de las excavaciones, la comisión estuvo formada por José Amador de los Ríos y Pedro de Madrazo y Kuntz, como representantes de la Real Academia de la Historia, Teodoro Ponte de la Hoz, oficial del Ministerio de Fomento en sustitución de Emilio Lafuente Alcántara y, finalmente, Jerónimo de la Gándara, catedrático de la Escuela de Arquitectura.

Pedro de Madrazo y Kuntz
Pedro de Madrazo y Kuntz
Jerónimo de la Gándara
Jerónimo de la Gándara

Se continuaron con los trabajos de excavación en el edificio que habían descubierto. Se procedió a excavar con sumo cuidado toda la zona apareciendo un solado de hormigón romano que se extendía de muro a muro, de oriente a occidente. En su parte central había una losa de pizarra que presentaba una fractura en uno de los lados, fruto, sin duda, del desplome de los sillares de los muros del edificio sobre ella. A través de esta fractura se podían apreciar unas piedras de granito en sentido inverso a la losa.

Levantaron la losa que se partió por la zona fracturada, quedando dividida en dos trozos. Al caer la losa, se desprendió una fina capa de tierra que la cubría dejando vislumbrar parte de una leyenda coronada por una cruz latina patada encerrada en un círculo. en el sepulcro solo se encontraba un esqueleto sobre un lecho de cal y arena con los brazos lateralmente colocados y las palmas de la mano hacia arriba, que fue sacado y entregado al párroco para que le diera cristiana sepultura.

capilla funeraria de Guarrazar
Croquis de las excavaciones de la capilla funeraria y de la lápida de Crispín.

Después de lavar la losa en la fuente de Guarrazar la leyenda se hizo más nítida. Se podía leer claramente las primeras líneas, así como las últimas, existiendo dudas en la parte central, donde estaba la fractura y faltaba algún trozo de la zona izquierda. Reconstruyeron la leyenda con el siguiente resultado:

Quienquiera que leyeres la inscripción de esta
lápida, mira: fíjate en el lugar y observa sus
alrededores.
He preferido ocupar un lugar sagrado, como
ministro consagrado que soy.
He concluido las etapas de mi vida tras sesenta años.
Me encomiendo a la protección de los santos, para
resucitar debidamente en su compañía cuando la
llama voraz viniera a incendiar la tierra.
Acabado el curso de la vida, Crispín, presbítero,
pecador, aquí descansó en la paz de cristo

Año de la era 731.

Lápida de Crispín (MAN)

Parte de estos versos son copia de la lápida funeraria de la reina Reciberga, la esposa de Chisdanvinto, padre de Recesvinto, escritos seguramente por san Eugenio de Toledo.

Este fue un descubrimiento muy importante ya que se podía fechar con exactitud la antigüedad de las construcciones que estaban apareciendo. En el tiempo de los visigodos se regían por la Era Hispánica, computando los años desde el año 716 Ab urbe condita, es decir, desde la fundación de Roma, lo que nos lleva al 38 antes de Cristo. Por tanto, la lápida está fechada en el año 693 de nuestra era, bajo el mandato de Égica, que reinó desde el 687 hasta el 702.

Con base a este descubrimiento, la Comisión de Excavaciones declaró, en palabras de José Amador de los Ríos, que no se podía dudar de que el edificio descubierto fue real y verdaderamente un templo cristiano , y sobre cristiano , un templo católico, por lo que el 28 de abril propusieron al ministro de Fomento la finalización de los trabajos en las Huertas de Guarrazar, al haber cumplido la misión encomendada por la reina Isabel II en la Real Orden de 9 de abril que era la de demostrar que allí existía un lugar sagrado donde los monarcas habían depositado las coronas y demás ofrendas como símbolo de devoción.

La teoría de que los restos encontrados con la lápida del presbítero Crispín pertenecían a un templo cristiano no es del todo cierta ya que, tal como indicó Pedro de Madrazo y Kuntz en su libro Orfebrería de la época visigoda. Coronas y cruces del Tesoro de Guarrazar, en la Iglesia visigoda se respetaba escrupulosamente la prohibición de enterrar en los templos, observancia que el papa Pelagio II, en tiempos de Leovigildo y Recaredo, señalaba como ejemplo digno de imitación para las demás iglesias. Con ello, el mundo visigodo no hacía sino seguir la prohibición expresada ya en el Codex Theodosianus, y ratificada en el II concilio de Braga del año 572, que se ocupó principalmente de cortar las prácticas religiosas paganas del pueblo y, entre ellas, la de sepultar en los templos a personas de cualquier condición. De esta forma, al estar esta tumba en el interior del recinto, es imposible que ese edificio fuera una basílica.

De todas formas, las excavaciones arqueológicas se dieron por concluidas a finales de abril de 1859. Tuvieron que pasar casi ciento cincuenta años para que se volvieran a retomar los trabajos arqueológicos en Guarrazar, como veremos más adelante.

Finalización de las reclamaciones diplomáticas

Mientras se desarrollaban las excavaciones arqueológicas en las Huertas de Guarrazar y la investigación judicial en Guadamur, Toledo y Madrid, en Francia seguían las gestiones para la devolución de las coronas a España.

El embajador español en Francia, don Alejandro Mon, esperaba pacientemente el resultado de la investigación judicial, para ver si existía la posibilidad de un fallo judicial de Adolphe Hérouart, cuestión esta que no produjo, por lo que sus esperanzas de un final favorable a los intereses españoles se venían abajo con el paso de los días.

De poco sirvieron los descubrimientos realizados en las excavaciones arqueológicas en las Huertas de Guarrazar, comandadas por don José Amador de los Ríos, que atestiguaban la existencia de un importante centro religioso en aquel lugar y que sería el depositario de las ofrendas de las coronas y otras joyas por parte de los monarca y de la nobleza.

En Francia, el conde Wallesky, intentaba por todos los medios interceder antes el emperador para la devolución de las coronas a España, pero se encontró con la oposición de los círculos académicos y culturales de Francia, comandados por Edmond Du Sommerard, el director del Museo de la Abadía de Cluny, donde se encuentran las coronas y de Prosper Mérimée, el afamado escritor, que era muy amigo de los emperadores.

En el mes de junio de 1859, el embajador, don Alejandro Mon, vuelve a insistir al Gobierno de España sobre la necesidad de un fallo judicial contra Adolphe Hérouart o contra otras personas que hubieran intervenido en el descubrimiento y venta del tesoro. Sin sentencia judicial condenatoria no había nada que hacer.

Conde Wallesky

Prosper Mérimée

A finales de agosto de 1859, desde la fiscalía de la Audiencia Nacional declaró que no procedía, en nombre del Estado, entablar una demanda reivindicatoria para recuperar las alhajas y que tampoco era posible obtener una declaración de que hubiera mediado delito en la adquisición de las mismas. Finalizaba el dictamen diciendo que no existía ningún recurso para ejercitar desde la esfera de la justicia.

Meses más tarde, en 1860, el Consejo de Estado ratificaba este dictamen, siendo refrendado por la reina Isabel II en un escrito enviado al ministerio de Fomento, aunque se aconsejaba que, agotada la vía judicial, se intentara aclarar si hubo fraude en la adquisición por parte de Francia del tesoro para conseguir así la devolución de las coronas.

En marzo de 1861, se descubre que Adolphe Hérouart había vendido una nueva corona al Gobierno Francés. Esto provocó la indignación del embajador, don Alejandro Mon, que vuelve a insistir al Ministerio de Fomento para que se consiguiera una sentencia condenatoria para poder tener un argumento sólido para la reclamación del tesoro, pero todo fue inútil: Mérimée y todos los académicos estaban a favor de la compra de esta novena corona a Hérouart amparados en que desde España no se daba ningún argumento sólido que sustentara la demanda.

La adquisición, por parte de la reina Isabel II, del segundo lote del tesoro de Guarrazar, que estaba en poder de Domingo de la Cruz, y de los dos brazos de la cruz procesional de Recaredo, que vendió Navarro al ministerio de Fomento, compensaron de alguna forma el no haber podido recuperar las coronas que se encontraban en Francia, sin saber que habría que esperar ochenta años para que parte de esas alhajas regresaran a nuestro país, tal como se explica en el apartado de Devolución del Tesoro de Guarrazar desde Francia en 1941.

Venta de unas piezas del tesoro de Navarro al Estado español

Aureliano Fernández-Guerra, oficial en la Dirección General de Instrucción Pública, dependiente del Ministerio de Fomento, y mentor de las actuaciones del Ministerio en el asunto de Guarrazar, refiere que a fines del 1859 se tuvo conocimiento extraoficial de que un brazo de gran cruz de oro y pedrería, procedente de Guarrazar se hallaba en poder del diamantista José Navarro.

Según Fernández-Guerra, José Navarro estaba cansado de toda la situación que se había creado a su alrededor por la venta de las coronas a Francia. Su espíritu estaba lleno de amargura y cansancio y veían con dificultad poder abordarle con éxito.

De acuerdo con el Ministro, se buscó la intermediación de una persona de la confianza del Gobierno y amiga de Navarro y, finalmente, en el mes de julio del 1860, el joyero se avino a presentar al Ministro el brazo de la cruz y el resto de pedrería y joyas sueltas que aún conservaba.

Cruz procesional de Recaredo

Una comisión formada por José Caveda, Juan Eugenio Hartzenbusch, Antonio Delgado, Francisco Bermúdez Sotomayor, José Godoy Alcántara, Aureliano Fernández-Guerra y el platero Sr. Larra, examinó las joyas de Navarro, apreció su valor artístico y, desde su lado, las tasó en 10.000 reales. Pidieron al diamantista que fijara él el precio que quería por la venta, a lo que este se negó ya que había entregado los objetos con ánimo resuelto de que no volviesen a su poder, afirmando que recibiría el valor que se le quisiese dar y que si no se quisiese ninguno, se daba por pagado.

Al final, se le pagó a Navarro la cantidad de 10.000 reales, cantidad muy inferior al valor real de todas las joyas entregadas. El conjunto quedó depositado en el Ministerio y se le extendió un recibo con fecha de 11 de julio.

Realmente Navarro estaba cansado y enfermo, muriendo unos meses más tarde, en 1862, con cincuenta años de edad. Posiblemente los sinsabores de la venta del tesoro a Francia le habían deteriorado su salud y mermado sus ganas de vivir.

Según Balmaseda, en el Archivo Diocesano de Toledo se conservan unas curiosas diligencias iniciadas el 28 de Enero de 1862 ante el Vicario General por el teniente de cura de San Lorenzo, quien enterado de estar gravemente enfermo D. José Navarro, «conocido por el Diamantista» y feligrés suyo (quien costeó unos floreros en San Lucas y una Salve solemne), consiguió tras varias negativas de doña Luisa Chapuiz, (nacida en Suiza en 1832, es decir, veinticuatro años menor que Navarro), casarle con esta «in artículo mortis» y legitimar a dos hijos de la pareja. Debió fallecer en breve, pues en abril de 1862 se exhumaba y cambiaba de ataúd su cadáver en su panteón del cementerio, todo ello con intervenciones del Gobernador y Alcalde, lo que indica ser persona influyente el finado.

Necrológica de José Navarro (1862)